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El río
autor Julio López Cid
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Julio López Cid
Editorial : Duen De Bux.
Ourense 2008 |
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El
Miño nace en Fuente Miña...
Las
aguas del Miño son claras y cristalinas...
Nota: La novela tiene siete capítulos. Los
dos textos anteriores son parte de los dos primeros, prueba
suficiente, a mi entender, para ver la calidad de la
novela.
Este es mi email
por si tengo que
rectificar o eliminar este artículo.
Saír á río Miño
Salir al río Miño
El Miño nace en Fuente
Miña
(El capítulo no lleva
título, está numerado con I, simplemente))

Río Miño. Mapa que
venía con el libro.
I
"Río Miño,
vai caladiño
non me
despertes
ó meu miniño"
POPULAR
..."El Miño nace ne Fuente Miña, provincia de Lugo, pasa por
Lugo, Orense y Tuy, y desemboca en el Atlántico, en
Camposancos, entre Camiña y La Guardia, haciendo frontera
con Portugal":
La salmodia oscilaba con la monotonía de un péndulo, la
monótona regularidad de un péndulo, mientras la Hermana, con
el puntero, iba siguiendo la línea azul, torpemente sinuosa,
con que el río discurría dócil por el mapa polícromo.
El puntero resbalaba sobre la superficie brillante,
encerada, con una vaga apariencia de mansa corriente,
deteniéndose un instante en los puntos importantes -Lugo,
Orense, Tuy-, señalados con un círculo negro, para fijarse
en la minúscula inmensidad azul del Océano, centrando la
confluencia de las últimas aes de la letanía, que, tras
revolar tercamente prendidas a las frágiles alas de la ele
terminal, se iban desprendiendo escalonadas, produciendo una
especie de trémolo, tenso vibrante, como los círculos
concéntricos que se formaban en el agua cuando tiraban
piedras al estanque del parque:
"...Portugal-a-a-a-a-a-a-al". Inmediatamente, el puntero
volvía al punto de partida y la voz de la Hermana se dejaba
oír: "A ver. Otra vez", y la salmodia se reproducía con casi
maquinal exactitud: "El Miño nace en Fuente Miña, provincia
de Lugo...".
Al terminar la clase, antes de salir al recreo, los niños se
acercaban al mapa y recorrían la trayectoria del río con sus
dedos casi siempre sombreados de tinta, enmascarados de yeso.
Uno de ellos detiene su índice sobre el círculo negro junto
al cual, con mayúsculas, está escrito ORENSE y afirma sus
palabras contra el bullicio general: "Aquí-estoy-yo". La
Hermana, levantando el puntero en ademán ingenuamente
amenazador, sentencia: "No toquen ahí con los dedos. Me lo
ponen todo perdido".
Había un mapa grande en el suelo de la terraza del colegio,
a donde a veces subían durante el recreo, un mapa delineado
en rojo con un trazo grueso contorneado el litoral de la
península y, dentro de él, las provincias. No tenía ríos.
Los niños jugaban: "Ahora, yo era el Miño" y, uno a uno,
iban haciendo el consabido recorrido con minuciosos
cuidados, poniendo un pie delante de otro -el tacón
delantero bien pegado a la puntera del posterior- como
cuando jugaban a los "reyes" elegían a los componentes de su
bando. Oscilaban los brazos alzados, en cruz, como los de
los equilibristas del Circo. Al llegar al presunto mar, se
detenían. Un niño se deja caer sentado; los demás le gritan:
"¡Te vas ahogar!" "¡No!, los ríos no se ahogan". "Ahora,
yo", y otro se situó en la supuesta Fuente Miña y comenzó el
fluvial viaje.
Desde la terraza se veía el río, lejos, reluciendo entre los
verdes de la distancia; sólo la Hermana y los mayores; los
pequeños no conseguían localizarlo; su mirada novicia
se quedaba rezagada, temerosa, en una proximidad muy cercana
porque se extraviaba al aventurarse por la lejanía.
Los hermanos mayores iban a bañarse al río, a hurtadillas, a
pesar de las recomendaciones, de los terrores maternos: "Un
día me vais a dar un disgusto. No quereis escarmentar en
cabeza ajena, y ya escarmentareis en la vuestra". y un día
sacaron al hermano mayor medio ahogado: había apostado que
pasaría el río cuatro veces seguidas sin descansar y le dio
un calambre en una pierna mediada la tercera vuelta.
Ellos fueron una vez de paseo con el padre por la carretera
del Puente nuevo y vieron el río de lejos, pero luego se
olvidaron y lo confundían en el recuerdo con los regatos de
la aldea: ríos muy pequeños, como éste desde la distancia a
la que lo habían visto, donde se descalzaban y cazaban ranas
que allí, en la aldea, eran una cosa más, tan familiar como
el pinar o la carretera. Pero aquí, en Orense, el río era
algo fabuloso, temido aún y ya deseado, cuya aurora
incipiente los deslumbraba ya a través de los frondosos
comentarios de los hermanos mayores. Y el Miño se confundía
en sus sueños con todos los ríos maravillosos en los que el
padre pescaba los domingos, en remotísimos lugares cuyos
nombre se cernían como un arco iris sobre su
asombro:"Casares, La Arnoya, La Gudiña, Puebla de Sanabria,
Casayo...!; los ríos que palpitaban emocionadamente en la
tina de zinc del fregadero, en la cocina de la vieja casa,
cuando el padre llegaba de sus pescatas y les traía truchas
aún vivas.

Quise
poner esta fotografía de pesca en el río Xares,
para ilustrar el texto sensacional de
Julio López Cid y recordar viejos tiempos
parecidos del webmaster de la web. Decir que el
texto me parece magistral. (Por supuesto que la
fotografía no aparece en el libro. Foto
Secundino Lorenzo).
Esperaban impacientes su llegada, pendientes del sonido de
la llave en la cerradura de la puerta de la calle, porque a
veces, para sorprenderlos, abría con tal sigilo que, cuando
querían darse cuenta, venía ya por el largo pasillo, vocendo:
"¡Ya estoy aquí!, ¡ya estoy aquí!. Corrían a su encuentro
como locos y se le cogían a las piernas impidiéndole andar,
disputando quién era el primero en darle un beso. Él los
alzaba a los tres a un tiempo y los apretaba contra la
enjuta cara, riéndose, picándolos con los pelos de la barba
crecida e hirsuta. Los llevaba así, en volandas, hasta el
comedor, cual si de una trucha más se tratase, como la más
codiciada de las truchas que coleaban pendientes de su
infalible anzuelo en los maravillosos lances que cada
domingo les contaba: "Esta fue la más dura de pelar, ¡que
trajín...!. En cuanto los posaba en el suelo , corrían a la
cocina a buscar una fuente para poner las truchas, y traían
siempre la más grande que encontraban. Se agrupaban, se
amontonaban en torno a la cesta de mimbre, concentrada en
ella toda su capacidad de admiración: "A que son muchas! ¡Te
apuesto...!. Él iba destapando la cesta con estudiada
parsimonia: los helechos, rebosantes, se alzaban como
impulsados por un resorte; retiraba la primera capa y
aparecían las truchas, tiesas, curvadas, como las había
sorprendido el postrer latido, en el intento aún de colear;
punteadas de gris oscuro; algunas, con pintas rojas,
salmonadas decía el padre. Y comenzaba a sacarlas; los
helechos, debajo, con las escamas que se le quedaban
adheridas, relucían como lentejuelas; la admiración de los
pequeños iba creciendo acorde a la disminución del nivel del
botín, hasta colmarlos de felicidad: "Ya!, ¡vaya bicha!. Él
las iba contando con voz solemne, acompasada, como una
letanía, y ellos lo coreban con su eco: "Una, ¡unaaá! Dos, ¡dooós!
Tres...". De pronto se detenía en la cuenta y su voz
cambiaba de tono, estremeciéndose al decir: "Ésta, para el
que fue mejor". Era una, todavía viva, que boqueaba con
avidez, y la llevaban flechados a la tina del fregadero.
Olvidados ya de todo lo demás, la miraban asombrados; al
principio se quedaba en el fondo medio caída y apenas se
movía, como si no fuese a rehacerse; luego, paulatinamente,
iba cobrando viveza y empezaba a colear, golpeándose contra
la pared de cinz, hasta que rompía a nadar,, ya con fuerza,
ciñéndose a la curva en su afán de salirse del circulo
fatal, de recobrar la libertad, para al cabo, agotada,
recaer en el fondo, sumisa, vencida, definitivamente curvada
ya...
En la aldea, durante el verano, el padre iba a visitarlos
los domingos y los llevaba con él de pesca. Por el camino,
iban cogiendo saltamontes para el cebo. Llegaban al río. El
padre les advertía silencio con un dedo sobre los labios y
no les dejaba acercarse al agua, porque le espantaban las
truchas (una veztiraron una piedra y les riñó muchísimo,
amenazándolos con no llevarlos más, y se quedaron
consternados). Les gustaba más que nada ver la maestría con
que lanzaba entre los intrincados ramajes de los amieiros.
Volaba el minúsculo relámpago del anzuelo y se oía el sordo
golpe del corcho al caer sobre el agua quieta, sombría,
sobre la que flotaba como una isla diminuta en la que la
pluma se alzaba cual gigantesco mástil. Lo vigilaban sin
pestañear, completamente pendientes de él; lo veían temblar
ligeramente, emitiendo minúsculos círculos que conmovían con
su latido la tersura de la superficie, hundirse un poco, muy
poquito...la emoción ls ponía un nudo en la garganta
(imposible que diese más de sí), pero el padre, sereno,
esperaba -una, dos picadas...- hasta que el corcho se hundía
de golpe, y solo entonces daba un tirón, rápido y fuerte
pero corto, que apenas elevaba una cuarta el corcho sobre el
agua y decía: "Enganchó!"
Enseguida, tiraba largamente y se veía salir la trucha dando
coletazos en el aire, destellando en los súbitos reflejos
contra los escasos rayos de luz que tamizaba la bóveda de
amieiros. La veían venir infalible a su mano. Rápido,
sujetando la caña con el brazo contra el cuerpo, con gran
habilidad la desenganchaba del anzuelo y la introducía por
el pequeño tragadero rectangular de la tapa de la cesta; a
veces, se la daba para que ellos mismos la metiesen:
"¡Apretar bien, no se vaya a escapar!". La sentían palpitar
en la apretura de la mano, su contacto escurridizo, como el
de las ranas, al colarse por el ventanillo de la cesta, sus
saltos, ya dentro, removiendo los helechos, golpeándose
contra el tupido enrejado de mimbre...Les decía: "¡A ver!"
traerme más fentos" y, antes de cebar de nuevo, abría la
cesta y colocaba cuidadosamente otra capa de helechos sobre
la última camada de truchas. Cebaba. "¡Quietos ahora!".
En la aldea, las truchas que llegaban vivas tras la larga
caminata por el río, las echaba en la pila de piedra donde
bebía el ganado, en el patio de la casa. Allí hacían sus
pinitos de pescadores, preparaban sus aparejos; una vara,
hilo y un alfiler torcido en el que ensertaban migas de pan,
pero las truchas, claro, no picaban, por más que ellos se
mantenían pacientemente a la espera. Como el padre.
En la aldea se bañaban en una gran bañera de latón pintado
de rojo, en el agua calentada al sol en la pequeña terraza
con que se remataba el corredor de la casa. En el río grande
no se bañaban más que algunos domingos, cuando iban en
familia a comer o a merendar allí mismo, a la orilla del
agua. Se bañaban en la pequeña presa del molino, donde el el
agua, clara, cristalina, les daba por la cintura. Allí,
remedaban las aventuras de los hermanos mayores; las
fabulosas aventuras en el ignoto, anhelado Miño.
Un día, al fin, fue
con el padre hasta el Miño. Iban también los dos hermanos
que le precedían en la larga formación familiar. Llevan un
perro, un perro del padre, que también es cazador. Van por
el coiñal, andando con dificultad sobre ls cantos rodados.
Es probable que el padre quiera bañar al perroo, a lo mejor,
van simplemente de paseo; no puede precisarlo; no puedo
precisar casi nada, porque éste es uno de sus primeros
recuerdos -el padre, él, los dos hermanos, el perro,
marchando todos por el coiñal-, el primer recuerdo del Miño,
de cuando el Miño no era más que una linea azul, vagamente
sinuosa, discurriendo dócil por el brillante mapa polícromo
del Colegio, entre la invariable salmodia: "El Miño nace en
Fuente Miña, provincia de Lugo, pasa por Lugo, Orense...".

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Las
aguas del Miño son claras, cristalinas...
(El capítulo no lleva
título)
II
"Mientras el río con
el rumbo en curva
se perpetúa
buscando sesgo a
sesgo, dibujante,
su desenlace"
J. Guillén
Las
aguas del Miño son claras, cristalinas; aun en zonas
bastante profundas, en muchos puntos dejan ver el fondo.
Sólo en las imponentes riadas de comienzos de primavera
y en las de las tormentas veraniegas toman un color
arcilloso que, en primavera, suele durar varios días; en
verano, rara veces pasa de las veinticutro horas;
después, como si quisieran resarcirse, se aclaran hasta
un extremos inverosímil, que es una alegría para los
ojos y una auténtica delicia para los abundantes
bañistas, que pueden bucear a placer.

Río
Miño en las imponentes riadas...La
fotografía la incorporo para ilustrar el
texto, pero no figura en el mismo.
Desconozco el autor de la fotografía.
El agua se represa en muchas partes para su
aprovechamiento en las faenas molineras. Allí discurre
con mansedumbre tal que la mirada apenas es capaz de
acusar su movimiento; luego, tras desflecarse al borde
de la presa, cuando se desmelena cachón abajo, su
espumación es de una blancura inmaculada.

Zona de
baños en el rio Miño en Ourense, junto con Oira
y los Caños eran donde más gente se bañaba por
los años 1955-1970. Desconozco el autor de la
fotografía.( No figura en el texto, simplemente
la incorporo siguiendo el criterio anterior).

Zona de Oira. Descoñezo o autor da
fotografía.

Playa de la Concha. Enfrente en la
parte izquierda del cachón, los Caños.
Pero todo esta idílica apariencia tiene un trasfondo
trágico, porque el río, sin contemplaciones, cobra su
tributo en vidas humanas, aparte de los animales que
arrastran las riadas. Un año, el día de San Antonio, en
una de las presas se hundió una barca donde pasaban su
tarde libre un grupo de criadas. Se ahogaron casi todas,
llevándose consigo al barquero, que era el único que
sabía nadar. Aunque esta tragedia fue algo excepcional,
lo cierto es que no hay temporada veraniega en la que no
se ahoguen dos o tres bañistas, en más de un caso
excelentes nadadores, porque, como suelen decir las
madres para atemorizar a los hijos desobedientes, "el
Miño es muy traidor".
-¡Viene el río crecidísimo!
-Si, se le hincharon las narices.
-¿Vamos a verlo al salir de clases?

Riada del 2001. El río Miño en Oira. Ese día
llevaba 5000 l/seg.
Se iban a
ver la riada. Ya antes de avistar el río, se oía el
fragor atronante, poderoso. El agua, de color
achocolatado, decían, rebordaba el cauce normal y se
adentraba en las huertas y fincas de la ribera; en
algunas llegaba hasta las casas inundando los sótanos.
Se veían a lo lejos los viñedos de Oira completamente
anegados; venían aguas abajo ramas y arbustos en
profusión; de vez en cuando, también algún animal. Ellos
tenían su punto de control en la curva de la lejanía;
desde allí los miraban venir, vigilando atentamente su
trayectoria, al acecho del emocionante momento de su
paso bajo el arco del puente. "¡Ahí viene otro!". El
cerdo se iba deteniendo momentáneamente en los
accidentales remansos (se veía girar el vientre
blancuzco, abarrilado); luego se incorporaba a la
corriente. En el momento de pasar bajo el puente, le
gritaron:"¡Buen viaje, quiriño!".
En los
puentes, la riada tenía su altímetro natural. Unos
señores comentaban: "Hace cinco años llegó hasta los
hierros". (¡Cinco años!, la mitad de su tiempo, casi
todo en realidad, porque la memoria no abarcaba mucho
más). En el encuentro frontal con los pilares, el agua
se represaba y luego, al franquearlos, se le veía salvar
el desnivel precipitándose por el vano como un tobogán,
al modo de los cachones,, horadándose con la fuerza de
la caída, dando lugar a que se viesen las entrañas
sucias, desaliñadas, de la riada.
Ahora
iban a ver el río muchas veces. Se acodaban en la
barandilla del puente y miraban pasar el agua,
incesante, monótona, que les producía una especie de
hipnosis; acababan por sentirse avanzar sobre ella y
jugaban a los barcos: "¡Ah del puente!, ¡un hombre por
la borda!" y escupían; los salivazos caían aplomados,
lentos, "por cámara lenta", decían, y ya cerca del agua
se curvaba su vertical siguiendo la dirección de la
corriente, como si ésta los atrajese, los poseyese ya
antes de sumirlos en su entraña. Se estaban así tiempo y
tiempo; luego, cuando posaban la mirada sobre el paisaje
circundante, lo veían fluir misteriosamente en su
anclada inmovilidad, como si sulagado en su interior
discurriese otro paisaje, idéntico pero de naturaleza,
etérea. "Es el alma del paisaje", pensaban.
Algunas
veces hacían ingenuas trampas para cazar a las
golondrinas, que revolaban infatigables por todo el
aire: sobre el puente, bajo el arco, casi a ras de
agua... Preparaban pequeños trozos de papel con un
agujero en el centro y los lanzaban al aire; los papeles
planeaban, algunos muy lentamente, con una vaga aparicia
de mariposas; los pájaros se lanzaban sobre ellos
tratando de apresarlos; a veces lo conseguían y
rápidamente, acusando el fraude, los desechaban; otras,
muy pocas, en el intento, su cabeza se colaba por el
agujero y el papel quedaba en torno a su cuello, como
una gorguera, escurriéndose hasta el arranque de las
alas por la acción del vuelo, dificultándoselo, aunque
jamas hasta impedírselo y hacerlos caer, que era los que
ellos ingenuamente pretendían, y, al fin acababan
por liberarse del inoportuno collar y continuaban su
vertiginoso, infatigable vuelo.

Al poniente el puente
Viejo. Desconozco el autor de la fotografía.
Al poniente, un elemento más del crepúsculo, se veía el
Puente Viejo, con su piedra oscurecida, melancólica,
empinada su achacosa joroba sobre la gran ojiva del arco
central. Al Puente Viejo iban poca veces, porque el
petril de piedra era alto (tanto como sus menguadas
estaturas) y les dificultaba la visión del agua. Pero
tenían varios burladeros coronando como atalayas los
imponentes torreones de los pilares: pequeñas plazoletas
semicirculares al borde de la estrecha calzada
-sobresaliendo de ella, proyectándose en avanzadilla
sobre el agua- guarnecidas de frágiles barandillas de
hierro que componían con el recto pretil una linea
mixta, como un yugo gigantesco. Aunque desde allí se
veía muy bien el agua, ellos apenas se atrevían a
acercarse a las barandillas, porque los mayores,
probablemente para prevenir posibles imprudencias,
decían que no estaban seguras; además, la posición de
avanzadilla, unida a la gran altura, les daba vértigo.
Desde ellas se veían extrañas perspectivas del puente:
la pared interior del gran arco central, aplomada su
curva sobre el agua, arrastrando la mirada en su caída;
el enorme tajamar, afilando contra la corriente su
pétrea proa, en cuya plataforma crecían yerbajos y
pequeños arbustos dándole una singular apariencia de
islote, un islote solitario en el que se arriesgaban
-ahí si- a aventurar sus sueños más intrépidos.
En los
burladeros tenían sede los mendigos, que voceaban sus
salmodias con monotonía paralela a la del río, orillando
la indiferencia de los transeuntes: "Apiádense del
desgraciado! ¡Nunca así se vean! ¡Limosna ao cego!
¡Limosna ao ceguiño!". Ellos los miraban con morbosa
curiosidad: los truculentos muñones, con sus movimientos
grotescos, de guiñol: las cuencas vacías, de un rosa
blanquecino obstinadamente rondado por las moscas..."¡
Santa Lucía les conserve la vista!, ¡limosna ao cego!.
¡limosna ao ceguiño!..."
Por las
cercanías deñ Puente Viejo -en el Campo de los Remedios,
bajo los propios arcos- acampaban los gitanos. Ellos los
miraban con una mezcla de miedo, reminiscente de los
todavía cercanos "cocos" infantiles, y envidia de su
vida anárquica, libérrima, tan ajena al riguroso,
invariable orden familiar de sus hogares.
Algunas veces
se atrevían ya a bajar a la orilla del río para ver el
agua de cerca. Cogían en el coiñal pequeños cantos
rodados -los más planos- y jugaban a "cortar la
corriente". Las piedras, hábilmente lanzadas a ras de
agua, la tocaban intermitentemente, a saltos sobre ella,
como si rebotasen contra el plano ideal de la superficie
fluyente. Iban contando los saltos -uno, dos, tres..."-
al principio muy distantes, tocando apenas el agua;
luego, cada vez más próximos; al final, ya agotada la
fuerza en los sucesivos contactos, iba la piedra
resbalando sobre la superficie, curvándose su
trayectoria a favor de la corriente , en un
ímprobo intento de mantenerse a flote, de liberarse
siquiera unos instantes de la ley inexorable, y
realmente lo conseguía durante una fracción
infinitesimal de tiempo que la mirada apenas alcanzaba a
vislumbrar.
Aquel
verano empezaron a ir a bañarse con los congregantes de
los Jesuitas. Iban acompañados de un hermano lego (esto
tranquilizaba a las siempre temerosas madres), que era
un especie de ángel tutelar de la Congregación; muy
bajito, regordete, vestido siempre de paisano y con
boina bilbaína pequeña, como un casquete, jugaba con
ellos como uno más a todos los juegos infantiles; en el
río, aunque no se bañaba, se descalzaba y, con los
pantalones remangados hasta la rodilla se metía en el
agua."Va a los peixes", le decían, y al lanzarse al agua
pasaban corriendo a su lado para salpicarlo. El los
amenazaba formulariamente pero riéndose, en realidad
encantado de compartirlo todo con ellos, de recobrar así
su ya bien rezagada infancia. Le llamaban Don Felipe,
como si se tratase de un seglar.
Había una
pandilla de mayores, ajena a la Congregación, que
durante algún tiempo dio en tomar el nombre del hermano
lego a chirigota; se bañaban en las peñas de enfrente,
donde ya en la orilla había mucha profundidad -"cubre",
decían ellos- porque todos sabían nadar. Venían río
abajo y, al pasar frente a ellos, gritaban: "Don Felipe,
don Felipe...!" y, cuando el miraba, se zambullían
dejando las nalgas fuera, y se veía un nutrido
archipiélago de culos en el centro del río. Él, un poco
escamado, comentaba: "Pues no le veo yo la gracia,
¡serán gansos!".
................
Durante el verano se echaban todos por los cachones. Era
una sensación incomparable, sentir el vértigo de la
corriente dominadora. Se metían muy arriba, lejos del
cachón, y se dejaban llevar poco a poco; la corriente se
iba acelerando paulatinamente (se veían las orillas,
fugitivas, cada vez más apresuradas), los sumía al fin
la vorágine del cachón, que los alzaba y hundía como una
"montaña rusa" sin darles tiempo a nada y, cuando
querían reaccionar, estaban ya en el remanso, al margen
de la corriente, que los había ido depositando como una
mano recia, aleccionadora, paternal al cabo. El que más
y el que menos, todos habían dado sus buenos tragos en
el picado oleaje de la corriente y lo comentaban
alborozados:¡Está riquiña: sabe a peixes!". "Peixes no ¡peixiños!".
...........
Aquel
día, un día de principios de temporada (apenas apretaba
el calor, apenas había gente en el río) fueron a bañarse
a "Los Caños", una plataforma de cemento en la que se
asentaban dos grandes tuberías que hacían la traída de
agua para la inmediata central eléctrica. Era un sitio
donde se bañaba poca gente, porque la profundidad era
muy grande ya en la orilla. Aquel día estaban ellos
solos, no se veía nadie en las cercanías. Estaba toda la
pandilla, con la adicción de uno, en realidad novato por
el poco tiempo que llevaba con ellos pero al que todos
consideraban ya como uno más del grupo; era compañero de
curso en el instituto, procedente de una aldea de la
provincia; muy fuerte y noble pero enormemente bruto; le
llamaban cariñosamente "Bestia"; el protestaba
blandiendo los puños: "Vades levar unha hostia", pero en
el fondo se sentía halagado de lo que en sus menguadas
entendederas acabó por considerar un elogio.
Se
desnudaron y comenzaron a tirarse desde la plataforma.
Venían corriendo entre las tuberías, que encauzaban una
especie de pasillo, y se lanzaban haciendo las
acrobacias más dispares (algunos sabían hacer el
"ángel"). Al Bestia nadie le pregunto si sabía nadar;
todos los daban por supuesto; se echó como todos y,
cuando lo vieron bracear y gritar, creyeron que estaba
haciendo una de sus desangeladas gracias. Solo al ver
que se hundía se fueron todos hacia él y trataron de
sacarlo; pero él se agarró a los dos que llegaron
primero a su lado -a uno con cada brazo- y en su
afán por salir a flote, con la fuerza y el peso que
tenía, los arrastró con el al fondo. Los demás los
vieron hundirse y bucearon tras ellos pero, sin aguante
ya para seguir bajo el agua (más por la impresión que
por el tiempo que estuvieron sumergidos), salieron a la
superficie. Vacilaron apenas un segundo y, decididos,
volvieron a bucear y se fueron acercando al sulagado
trio: los dos retenidos forcejeaban por librarse del
apretado abrazo del Bestia, que los atenazaba
desesperado; el cabecilla, con todas sus fuerzas que le
permitió la resistencia del agua, le dió una tremenda
patada en la cabeza, que dió lugar a que los otros se
soltaran y saliesen a flote; ya con un jipido angustioso
en la espiración, tosiendo con los ojos
desorbitados...Salieron todos del agua, aterrorizados,
sin atreverse a lanzarse de nuevo. Respiraban con
avidez, como si su ansia quisiese colmar los sulagados
pulmones del pobre camarada. Se miraban a hurtadillas,
sin atreverse a decir palabra. Tras unos segundos de
tenso, angustiado silencio, el cabecilla, cual impulsado
por un resorte, se lanzó de cabeza: inmediatamente,
todos detrás...
(Ni
siquiera lograron encontrar el cuerpo, que no afloró
hasta el día siguiente, ya mucho más abajo, en un
remanso del cachón de la presa inmediata).
Al vestirse, ninguno
se atrevía a tocar la ropa del ahogado.
Seguían sin hablar,
sin atreverse apenas a mirarse.
Alguien se aventuro a
decir, como haciéndose eco del sentir común: "¡Como
íbamos a suponer que no sabía nadar!" "¡Cállate joder no
seas imbécil!", le gritó el cabecilla, cogió la ropa del
Bestia y la iba liando despacio, con gran cuidado, con
ternura, como si tuviese el cuerpo de un recién nacido:
el jersey, la camisa...(le caían las lágrimas,
derramándose sobre las prendas)., estiró el pantalón
sobre el suelo y lo iba enrollando en torno al petate,
lentísimo, como los domésticos las grandes alfombras del
Circo; ató luego todo con el cinturón. "¡Vámonos
joder!" ¡Qué hostias hacemos aquí!" La voz tenía un tono
acerado, agresivo, como si quisiese desafiarlos a todos:
a ellos, al misterio insondable en que acababa de
hundirse el noble camarada, al río todo, que seguía su
curso, invariable con lentitud dulcísima, ajena...
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